La señora del lago
“¿Porqué se esculpen sirenas de barro en Metepec?”
Hace
cientos de años, miles quizá; Metepec en el Estado de México, no era
tan seco como lo es ahora. A un costado del cerro había una enorme
laguna en la que los viejos otomíes solían pescar sus alimentos, pero no
era un trabajo fácil. Todos sabían que como en cualquier lago de
Mesoamérica, ahí habitaba una Acihuatl, la dueña de los lagos.
Las Acihuatl eran mujeres mitad serpiente y mitad culebra que podían tener piernas humanas a voluntad para recolectar fruta y hierbas en la costa lacustre. Habitaban los lagos de México permitiendo la pesca a cambio de ofrendas varias. Cuando la ofrenda no era de su agrado, les decía a los peces como huir y la pesca se volvía difícil; y cuando los pescadores no hacían ofrenda alguna, les volcaba las canoas y los ahogaba. A las mujeres que contaminaban el lago lavando sus prendas en las orillas les enviaba sapos o serpientes para ahuyentarlas.
Las Acihuatl eran mujeres mitad serpiente y mitad culebra que podían tener piernas humanas a voluntad para recolectar fruta y hierbas en la costa lacustre. Habitaban los lagos de México permitiendo la pesca a cambio de ofrendas varias. Cuando la ofrenda no era de su agrado, les decía a los peces como huir y la pesca se volvía difícil; y cuando los pescadores no hacían ofrenda alguna, les volcaba las canoas y los ahogaba. A las mujeres que contaminaban el lago lavando sus prendas en las orillas les enviaba sapos o serpientes para ahuyentarlas.
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| Tlanchana con Árbol de la Muerte |
Desde que los mexicas habían conquistado el territorio, Acihuatl pasó a ser considerada una deidad menor al servicio de Tezcatlipoca; pero de todas ellas, la de Metepec era peculiar. Quienes la habían visto decían que tenía una piel gris casi negra. Que solía aparecer desnuda detrás de los tules, que se amarraba a la cintura peces, ajolotes o acociles, y que le gustaba hacer joyas con las algas y las conchas del lago. Le llamaban Atltonan Chane, un nombre que al paso del tiempo se transformó en Tlanchana.
Gustaba de convivir con los humanos, le parecían seres inquietantes. Ella ofrecía su sabiduría como vidente y les decía cuando sembrar, pelear o casarse a cambio de los objetos que tanto le gustaban: las esculturas de barro. En una ocasión alguien había tomado el barro que se formaba con la tierra mojada del lago y le había hecho una figurita a imagen y semejanza. Complacida e intrigada, solicitó aquellas figuritas como ofrenda predilecta.
Tlanchana amó tanto a los hombres que tomó a algunos de ellos como maridos; pero condenada a la longevidad, solo veía como estos morían al correr del tiempo sin poder evitarlo. Como vidente un día supo que su turno también llegaría; las sequías acabaron con el lago y al cabo de un par de años, aquel pequeño paraíso desapareció. Los habitantes hicieron en vano ofrendas a la diosa para que volviera, pero la Tlanchana se fue al mundo de los antepasados.
Con la llegada del hombre blanco, las historias de mujeres serpiente fueron condenadas de idolatría. Les advirtieron a los hombres que eran mujeres malévolas como las sirenas y que todos los que se habían casado con ella seguramente los había ahogado en el fondo del mar. Les prohibieron volver a hacer ofrendas a esa demonio y en vez de eso les enseñaron a realizar intrincados candelabros para las eucaristías. Les hablaron del jardín del edén donde no eran necesarios los sacrificios y donde había comenzado la existencia. Decorados los candelabros con flores y animales, se abría paso “El árbol de la vida”.
Y así pasaron los años en donde solo la tradición oral recordaba a una enigmática mujer que habitaba en aquellos lares. Intrigado por la sirena, un alfarero le dio forma y la colocó afuera de su casa; decía que atraía clientes. Los demás hicieron lo mismo colocando sirenitas en las esquinas, luego soles, cacerolas, arcángeles y árboles de la vida. Y un día al centro de la plaza principal, Tlanchana apareció en forma de fuente. Había vuelto con sus amados humanos.

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