Un aparatoso accidente

“Tan espectacular que merecía un Óscar”
 
El auto chocado (Fotos: Mario Yaír T.S.)

Es una tarde de 1999 en la esquina del Eje 2 Sur y Atlixco en la Colonia Condesa. Un perico (esos viejos vochos verdes que eran taxis) se estaciona en el eje. - ¡No se puede estacionar ahí! – le gritan del otro lado de la calle – Me vale madres, no me voy a quitar -. Se baja del auto y se va. La calle comienza a llenarse de mirones, las máquinas de luz resuenan y un silencio invade la avenida.

Enseguida un auto conducido por un maniquí comienza a avanzar lentamente sobre Atlixco cruzando el Eje. De pronto, a 70 kilómetros por hora, se acerca un Ford Grand Marquis 1982 sobre el eje. La gente voltea atenta, están desde las ventanas, las azoteas y dentro de los negocios.

El del maniquí va a control remoto, pero curioso detalle, está programado para arrancar pero no para frenar. El claxon suena desesperado. Aún no cruza la calle por completo y el Ford lo choca a toda velocidad. Del parabrisas del Ford comienza a brotar sangre en el asiento del copiloto. El auto con el maniquí sale volando 100 metros adelante, pasa a 5 metros de los niños y la gente que mira atenta. Vidrios rotos en el suelo, humo, el motor del Ford se incendia, un retrovisor cae al suelo. Un largo silencio inunda las calles aledañas hasta que la voz de Iñárritu resuena como eco – ¡CORTE!

Eje 2 Sur y Atlixco

Después de haber ensayado la escena mil veces con un doble de acción (y una donde terminó el Ford abollado sin querer), finalmente las 9 cámaras habían captado la escena clave de la película que lanzará al grupo a la fama. Es el choque que enreda la historia completa de “Amores Perros”.

Iñárritu confiesa años más tarde que su principal miedo era que el auto fuera a estamparse con su actor “El Chivo” Echeverría. Y sin embargo el auto casi termina arrollando a 10 personas que miraban la filmación desde la acera. Entre los aplausos y vitoreo por haber logrado terminar la escena más difícil del filme, ha llegado la hora de limpiar todo, guardar las tomas y reabrir la calle. El carro será depositado en las bodegas de los Estudios Churubusco y luego del Ariel, el Oscar y el Cannes, conservado como una reliquia del cine mexicano.

Entonces el taxista dueño del vocho llega para descubrir encolerizado el accidente. El auto del maniquí no aparece en las tomas porque pese a los ensayos el plan no funcionó. Los 100 metros que avanza lo sacan de la toma (no importa, se arregla en edición). Lo que sí importa es que va a parar en el taxi estacionado, con tal fuerza, que lo sube a la acera. Una enorme abolladura en las puertas laterales hace estallar al taxista. – Se lo dijimos… no se puede estacionar ahí…
 

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